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Thu 20 Feb 2020

Embarazadas a la fuerza como remedio contra la homosexualidad

por Analía Iglesias

Embarazadas a la fuerza como remedio contra la homosexualidad

La autora Trifonia Melibea Obono compendia, en ‘Yo no quería ser madre’, los testimonios de mujeres lesbianas, trans y bisexuales de Guinea Ecuatorial obligadas a parir contra su deseo

Las historias de vida de treinta mujeres lesbianas, trans y bisexuales de Guinea Ecuatorial se reúnen en Yo no quería ser madre (Editorial Egales), el último título de la prolífica autora Trifonia Melibea Obono (Afaetom, Guinea Ecuatorial, 1982). Son asuntos que preocupan desde hace años a esta investigadora en temas de género y politóloga guineoecuatoriana. Ahora les da la hondura del testimonio en primera persona en un libro con el que, según ella, “ha roto las estructuras aprendidas en los trabajos de campo de la universidad”.

Con su afable sonrisa pero el implacable discurso contra la discriminación que sufren las mujeres LGTBi de su país, Melibea presentó, la semana pasada, en una librería especializada de Chueca, en Madrid, su séptimo libro, cuyo subtítulo es Vidas forzadas de mujeres fuera de la norma. La obra contiene, además, un informe actualizado sobre la situación de los derechos de este colectivo. “Las palizas no funcionan con las mujeres”, “Dos mujeres juntas es cosa de blancas”, “El embarazo me trajo la desgracia” o “Tendría que haber nacido hombre para ser feliz” son algunos de los jirones verbales de Yo no quería ser madre, expresiones que desgarran cualquier aproximación académica.

“El único elemento en común entre ellas es el haber sido madres a la fuerza”, resume la autora de la novela La bastarda (Flores Raras, 2016). O no querían ser madres de esta manera: “La mayoría lo han sido de manera violenta y en la adolescencia. Se trata de mujeres que aman a otras mujeres, que no quieren estar con hombres, y de todos los grupos étnicos. Para ellas, el medicamento para curar su orientación sexual es el embarazo, y hay que repetir la dosis hasta la sanación. Sus hijos y sus hijas heredan el estigma, en tanto daños colaterales de un tratamiento que no funcionó. Todas ellas hacen referencia a los modos en que se las fuerza desde su propio grupo de pertenencia. La familia amenaza, se embarazan, se deprimen, se encierran, se avergüenzan porque tienen otra identidad de género y terminan trabajando en el único mercado que las acepta, que es el de la prostitución. Yo tenía que dejarlas hablar sobre lo que ellas quisieran, no podía preguntar directamente por la manera en que llegan al embarazo, porque lo han vivido con mucha dureza”.

Melibea sostiene que ellas le han enseñado lo que es ser fémina en su propia sociedad y, gracias a un acercamiento sincero pudo conectar con mujeres de grupos étnicos que no conocía, porque en la escuela no les enseñan a hablar otros idiomas que los occidentales. “Son las personas a quienes se les niega sistemáticamente la palabra las que aquí relatan sus padecimientos y sus emociones; las reflexiones surgen, pues, en una charla que solo es posible con empatía verdadera”, explica. Porque a la persecución y la violencia social e institucional, se suman muchos otros problemas, como “la falta de información y de referentes, la pérdida del arraigo, el odio interiorizado, el consumo de drogas y alcohol para soportar la marginación y la violación intrafamiliar”, agrega Melibea con gesto desconsolado.

La familia amenaza, se embarazan, se deprimen, se encierran, se avergüenzan porque tienen otra identidad de género y terminan trabajando en el único mercado que las acepta, que es el de la prostitución

Se trata de un libro que denuncia la segregación que sufre cualquier persona que ose expresar su identidad de género o su sexualidad de un modo no normativo, “en el continente africano y en la cultura fang (de origen bantú), en particular”, especifica. De hecho Melibea que, hasta 2016, no participaba de lleno en el mundo del activismo, entendió que la invisibilidad de lo que el país no quiere mostrar es superlativa en el caso de las personas excluidas por su diversidad sexual. Y, en algunos casos, más que desprecio hay violencia explícita. Así, en el transcurso de una caminata con una transexual por las calles de Malabo, experimentó que “no había manera de circular en el espacio público sin recibir comentarios despectivos”. En aquel paseo, entre burlas, una frase fue quizá la que marcó el comienzo de este proyecto: “La gente como tú no es de este país”. De nada valió que la chica respondiera: “Sí, soy de Baney”.

Trifonia Melibea había constatado, tras la primera celebración de la semana cultural de expresión LGTB, también en 2016, que “para la sociedad guineana, aquello era algo medio festivo, una cosa de blancos en un centro cultural de ellos y terminaría allí, pero con el segundo orgullo empezó a crecer la tensión social e institucional”. Entonces ya les arrancaron las fotografías que habían expuesto y todo el mundo entendió que eso no era “cosa de blancos”.

Vagos y maleantes de Malabo

En un Estado autoritario, con apenas medio siglo de historia como país independiente, tras haber vivido décadas como colonia de la España franquista, aún existen normativas “contra vagos y maleantes”, como las de hace cuarenta años en España, para reprimir “los vicios”, en palabras de las propias autoridades. Así, el Gobierno argumenta que tiene la “buena voluntad” de escuchar lo que le pide el pueblo, y que es la sociedad ecuatoguineana la que quiere “erradicar dichas prácticas nocivas”. Melibea relata que, después del orgullo del año pasado, el Gobierno emitió un comunicado “expresando su preocupación” por un “colosal aumento de la publicidad y el exhibicionismo tanto de los heterosexuales como de los homosexuales, la prostitución y la promiscuidad sexual”.

En el diálogo de presentación del libro, junto a Gerjo Pérez Meliá, de LesgaiCineMad, se argumentó que si hasta ahora no ha habido una ley que prohíba la homosexualidad, el hecho de que tantas personas estén atreviéndose a salir del armario ha llevado al gobierno de Guinea Ecuatorial a considerar “un paquete de medidas para perseguir y limitar estos comportamientos, ya sea de nativos o expatriados”. Estas medidas podrían incluir, según se lee textualmente en despachos oficiales, “sanciones a fin de reducir estas actividades, para protección de la familia ecuatoguineana como base de la sociedad, así como la imagen pública del país”.

En este contexto se refuerza el deber moral, y también demográfico, de tener hijos, y la coacción de las mujeres, con especial énfasis en las que consideran que deben ser madres para curarles su homosexualidad. Aunque no todo es imputable a las leyes coloniales, según deja bien claro la investigadora, que ha indagado en la ideología, las prácticas discriminatorias y hasta en la las etimología de palabras con las que en cada etnia se designan a los gays y las lesbianas, y ha concluido en que “todas las etnias son patriarcales, y si bien, en algunas se puede encontrar algún rasgo de matrilinealidad, esto significa que, por esa línea de parentesco, mandan los hombres de la familia de la madre”.

La autora subraya, además, cuánta intersección hay en la manera en que se ejerce la discriminación, ya que no es lo mismo ser soltera y LGTB que ser de un grupo minoritario y homosexual o serlo y pertenecer o no a la Iglesia católica. En cualquier caso, la precariedad y la enfermedad han marcado a fuego demasiadas adolescencias y vidas jóvenes, en Guinea Ecuatorial; incluso más allá de lo que lo han hecho con otros colectivos de su propio continente: “Nuestro día a día es mucho más arriesgado que organizar un World Pride. Con las altísimas cifras de VIH y sida y lo deficitaria que es la atención primaria en Guinea, estamos de velorio en velorio”. Su escritura de madre guineoecuatoriana seguirá intentando redimir esas vidas.


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